Aunque es mediodía y el termómetro supera los 33 grados en este caluroso sábado 21 de enero, el sol no brilla sobre Pumanque. No lo ha hecho durante casi una semana, en verdad, producto del peor incendio forestal reportado en los últimos 50 años en Chile que, además de consumir casi por completo sus múltiples cerros y bosques, mantiene el cielo nublado con una espesa capa de humo.

La comuna, mayormente rural, está compuesta por casas repartidas de manera irregular, muchas ubicadas en lugares recónditos. A 11 kilómetros de Pumanque, por ejemplo, está el sector de Cáceres, de unas 2.500 hectáreas y tan sólo 18 hogares. El territorio se ubica al medio de cerros y abundante vegetación, especialmente seca en verano, que ha sido la que más ha consumido el siniestro estos últimos días. El paisaje es desolador: el negro y el gris han reemplazado el otrora verde de sus valles, con fumarolas emanando de los restos de los troncos. No hay grandes cuerpos de agua cercanos para abastecer a los helicópteros de rescate, que van a buscar agua a las piscinas municipales y a otras improvisadas en los predios, abastecidas por camiones aljibes. Recién ayer, el gobierno declaró estado de catástrofe en la región.

Hasta hoy, son seis días y cinco noches de combate incesante contra el fuego que ha puesto a los pobladores en primera línea, valiéndose solo de sus herramientas y la voluntad de defender el poco terreno que les va quedando incólume. Con los bomberos sobrepasados en su misión de resguardar las casas, queda en manos de los vecinos apagar los focos que amenazan los árboles y la vegetación de la zona. Todo bajo el temor de perder sus predios y con ellos, toda una vida de esfuerzo.

PALAS Y RAMAS

Mientras los voluntarios toman un merecido respiro en una ladera, con el carro bomba custodiando la última casa antes de la subida, cuatro vecinos armados con azadones, rastrillos y palas improvisan un cortafuego, apagando a golpes los arbustos que arden. Ninguno lleva mascarilla ni guantes. Unos incluso usan chalas y tienen las camisas abiertas por el asfixiante calor que emana de las brasas. Todos son nacidos y criados en Cáceres.

Iván (47) es temporero y ha vivido en esa casa con sus padres durante toda su vida. “El jueves evacuamos y pudimos volver, pero ya tendremos que irnos otra vez y confiar en que no pase nada. Hemos cortado el fuego dos veces, y ahora entró por otro lado. Aquí manda el viento y si quiere vuela lejos hasta los helicópteros”, dice contemplando los faldeos reducidos a cenizas y pampas humeantes. Agradece la ayuda de los profesionales, pese al paisaje desolador que evidencia una batalla perdida. Sabe que sus recursos son limitados: “Los bomberos y militares llegan acá y solo pueden mirar. Qué más van a hacer, si esto se salió de control. Nosotros estamos a pura palita y herramientas ayudando, pero no es suficiente. El jueves en la noche fue lo más crítico, en cinco minutos se fue todo de un viaje pa’ arriba. Por eso ya no dormimos, el fuego la hace corta”, cuenta resignado.

Su compañero, Luis Vargas (45), proyecta un futuro difícil para los pobladores, muchos de ellos pequeños ganaderos. “Va a costar que veamos verde de nuevo aquí, unos tres inviernos por lo menos. Sin forraje y sin pasto, van a morirse los animales”, vaticina. Javier Parraguez (65) lo escucha, se saca la chupalla y mueve la cabeza. “Yo vivo de esto y sé que mis animales están jodidos, no tengo nada para darles, se me fue lo poco y nada que tenía. En mi casa vive una familia de 8 personas. No he dormido ni una huevá, casi no doy más. Anoche mismo tuvimos que arrancar, casi quedamos encerrados por el fuego pero seguimos dándole pelea”, relata mientras se seca el sudor bajo las canas.

Luis cuenta cómo hacen para detener el avance de las llamas: “Tenemos que esperar a que se queme el árbol, atentos al momento en que el fuego pasa a ras de suelo para extinguirlo. Antes de eso no podemos hacer nada, el calor y el humo nos cagan”, dice antes de correr junto a sus amigos a contener un grupo de árboles que se está prendiendo. Se les unen un par de vecinos que apenas soportan el humo que se les mete en los ojos. El viento, en forma de múltiples remolinos, dispersa el fuego por todos lados en pequeños focos que comienzan a crecer sin ningún control.

Fuente: TheClinic